BOHEMIA

Reseña: Trainspotting 2 – Cambiando de adicción

Vi Trainspotting cuando era adolescente -no hace mucho-. Quizás a esa edad es difícil entender ciertas historias más allá de la imagen, pero volver a ver películas, leer libros por segunda vez y regresar a algunos lugares, nos pueden hacer ver las cosas de otra manera. En este caso, volví a ver Trainspotting hace unos años y luego de eso varias veces más, lo cual me ha llevado a tener un gran cariño por la película, pero probablemente nunca he tenido una opinión definida sobre esta particular historia de cinco heroinómanos. No porque no me guste -me encanta-, pero me llamó siempre la atención la cuestión de la adicción y nunca he podido pensar algo concreto sobre esto siendo un factor tan importante en la trama. Este febrero se estrenó, después de veinte años, la secuela y yo esperaba que fuera un acontecimiento mundial importantísimo. Sin embargo, fui al cine a verla hace unos días y, nuevamente, me resulta difícil decir algo concreto respecto a la adicción. Intentaré construir una opinión sobre este aspecto, pero también trataré de que se haga notorio cómo esta cuestión que me resulta el eje para comprender la historia -si es que insistimos en que se debe comprender una película- se difumina con el factor nostalgia que, incluso antes de su estreno, inquieta a los espectadores.

El trailer que salió en noviembre del año pasado ya anunciaba el retorno de Renton, pero no había drogas. Sí, yo quería ver drogas o en todo caso intuir a qué eran adictos los personajes en esta ocasión. En la primera película era la heroína la que vinculaba a los personajes a la adicción y creo que esta surgía como una consecuencia tanto del contexto en el que vivían en Edimburgo, como por las relaciones sociales que entablan a lo largo de la historia, lo cual determina sus oportunidades y su vida en general. Sin embargo, el trailer también anunciaba un constante retorno de personajes, tomas, diálogos y música, características de la primera película. Es, en gran parte, eso lo que vemos en esta segunda entrega y lo que desvió, quizás, la posibilidad de hacer la trama claramente enfocada en otro tipo de adicción.

You’re an addict. So be addicted. Just be addicted to something else. Renton vuelve a Edimburgo porque recordó o se sintió mal por robarse la plata de ese último negocio que realizó con sus compañeros veinte años atrás. Los motivos parecen surgir repentinamente, pero lo que importa es que los busca. Debo admitir que su encuentro con cada uno de ellos es entusiasmante. Ver a los mismos actores veinte años después -realmente fueron veinte- es como volver a esa “realidad” creada por Danny Boyle en los noventa -por Irvin Welsh tres años antes- y es como si no hubiesen cambiado en nada su personalidad, simplemente envejecieron. Creo que la película busca el cambio de adicción desde su protagonista, ya que fue él quien realmente pudo cambiar de vida con esas 16 000 libras. Es ahora un deportista constante que parece querer buscar el perdón de sus ex amigos, pero esto resulta en una situación que no esperábamos sucediera y decide enredarse en negocios turbios para conseguir dinero fácil. ¿Cuál es la adicción? Quizás simplemente estuvo en un largo periodo de abstinencia. Quizás Edimburgo es el espacio que despierta esa adicción, cualquier adicción. Quizás Spud, Simon, Begbie lo hagan adicto también, total ellos nunca dejaron de serlo.

Creo que la trama de la adicción se pierde un poco en esta cuestión del regreso. Tenemos estas tomas de Renton corriendo, ahora en una máquina trotadora en el gimnasio; del tren que llega a Edimburgo, pasando por la misma ruta de siempre solo que ahora es un tren moderno al igual que la ciudad; del tren que pasa delante de los personajes y los muestra frente a ese campo extenso y verde donde discuten por qué it’s shite to be scottish, solo que ahora son cuatro cuarentones replicando la misma escena; y por supuesto, el gran discurso de choose life, que no puede faltar, que en esta ocasión parece surgir como una necesidad para que figure en la trama más que como una cuestión coherente dentro de la escena. En fin, son muchas tomas de este tipo que ocupan gran parte de la película recordándonos el pasado. ¿Es esto un error? No. Al contrario, es una gran idea para no fallar. ¿Nos hace desear un poco más de la película? Sí, pero esto no es tan importante.

El hecho de jugar con la nostalgia de los espectadores -nuestra nostalgia, mi nostalgia- hace que disfrute la película y reflexione mucho después sobre ella. De alguna manera esperaba que fuera así, pero creo que la nostalgia tiene un gran poder en las secuelas y remakes y este film es un claro ejemplo de ello. Si bien la primera película se caracterizó por estos aspectos, que en su momento fueron muy originales y le dieron el reconocimiento con el que contará siempre, el mimo de su secuela lo único que puede generar es que valoremos más la obra de arte que creó Danny Boyle en los noventa, que la creatividad -o la poca creatividad- que se invirtió en esta segunda entrega.

Habría que leer los libros de Irvin Welsh para tener probablemente una mejor opinión, mejor que esta tal vez, pero en lo que concierne a Trainspotting como película me reafirmo en lo que acabo de decir. El film que me encantó y me seguirá encantando es el que Danny Boyle hizo en 1996. La continuación de esa historia fue carcomida por las tendencias de hoy en día y creo que perdió su encanto.

María Fernanda Yáñez
Estudia Antropología en la PUCP. Es aficionada del buen cine y la buena música. Ha tenido clases para aprender a tocar muchos instrumentos, pero no tiene talento para eso.
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