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Opinión: El uso del color y La La Land

En Color Counsciouness, Natalie Kalmus, artífice del éxito del Color Advisory Service de Technicolor desde los años 1930s a 1950s, destacó la importancia del color en el universo cinematográfico resaltando que debe ser seleccionado del mismo modo que un artista escoge los colores de su paleta y los aplica en adecuadas proporciones a su pintura. Este pequeño escrito presentado en un panel ante la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas en 1935 recoge las bases de lo que fue el proceso de utilización del color en el cine durante dichos años.

La influencia de cambios estéticos en la elección del color en el cine es perfectamente ilustrada en Gone with the wind. Como expresa Higgins [1], los distintos relanzamientos que buscaron mejorar su versión original no se parecen en nada a la versión original de 1939, siendo estas criaturas de su propio contexto estético.

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Pareciera que la estética de los años del Technicolor ha vuelto a cobrar actualidad cuando vemos que el entusiasmo generado por La La Land (2016) la llevó a ser una de las películas con más candidaturas en la historia de los Oscars. Mediante técnicas como centrar el máximo contraste de color en los principales elementos narrativos de la escena, amplificándolo de acuerdo a la emoción dominante de la secuencia o sugiriendo afinidad entre personajes a través de vestimentas de colores complementarios, durante dichos años se creó un lenguaje particular que es utilizado ahora de manera casi desvergonzada por Damien Chazelle.

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La coordinación de imágenes es obsesiva. Se alternan escenas de colores fuertes con otras de tonos apagados que coinciden con el humor de los personajes principales. La irrealidad e hipocresía de la industria cinematográfica en audiciones y fiestas es representada a través de colores primarios saturados; mientras momentos más íntimos y cotidianos prefieren una gama más apagada. Vemos a Mia, el personaje de Emma Stone, caminar por las calles con un vestido del mismo púrpura que los basureros perfectamente alineados en las calles, enfatizando que es ella el punto de atención. Los colores, representados a través del diseño de producción, vestimenta y luces, se van progresivamente haciendo más realistas conforme la relación entre los personajes va madurando.

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Este intento de darle una función narrativa al color resulta banal. La referencialidad presente en otros elementos de la película se convierte en este caso en una aplicación literal que pretende distraernos de la narrativa. La poca confianza en la capacidad interpretativa del espectador lleva al director a, por cucharadas, mostrar cómo se siente cada personaje a través color. La La Land es la película de nuestros tiempos reflejando, si es que se quiere irónicamente, la cultura de la irreflexión y la añoranza del snob buscando ser un homenaje a los musicales de los 50 y 60s. Eso no significa que la película pierda su encanto o que sea innegable la química entre Emma Stone y Ryan Gosling; lo único que refuerza es el carácter de artificio de la misma. Más interesante que el juego con elementos externos es el carácter casi autorreferencial de la misma película buscando la tensión entre la añoranza pasajera y vacía junto a los golpes de realidad que tienen su culmen en la secuencia final mostrando todo lo que pudo haber sido y no fue. Si el color en los primeros años del Technicolor suponía un lenguaje que buscaba la diferenciación, ahora es un recurso que resalta lo evidente.


[1] HIGGINS, Scott. Harnessing the color design in 1930s Technicolor Rainbow

Mauricio Bulnes Jiménez
Bachiller en Derecho por la Universidad de Piura y actualmente estudiante de la Especialidad de Filosofía. Insaciable lector.
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