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Opinión: Reinvindicación del amor: La unión civil (III)

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Sophimania

La Familia como una Institución Socio-Jurídica dinámica

El derecho como ciencia social en constante evolución, encargada de la regulación de conductas en pos de garantizar el bienestar, estabilidad y paz en las sociedades humanas, posee un carácter tridimensional en el que fundamenta su contenido. Dicha tridimensionalidad se ve constituida por los componentes Norma, Hombre (Persona) y Valor, lo que significa que la Ciencia Jurídica, en lo que a su desarrollo, concepción y aplicación respecta, no se agota en una dimensión normativa, por la que se encarga de producir leyes y elaborar un marco regulatorio de conductas; sino que además de ello se afianza en la persona humana, sujeto de derechos que deben ser salvaguardados por antonomasia, y a los valores, ideales en constante evolución que inspiran al orden jurídico[1].

Todo lo cual nos lleva a concluir que «el Derecho no es estático, sino dinámico. Es una realidad histórico-cultural. (…) siempre se está formando, porque los hombres buscan realizar valores nuevos, y cuando los alcanzan, quieren mayores garantías para ellos»[2].

Representa, pues, un tremendo equívoco creer que la realidad social es determinada por un orden jurídico en específico, como si el devenir histórico-social de las relaciones humanas pudiera ser direccionado lo mismo que una máquina que ejecuta instrucciones. Antes bien, ocurre todo lo contrario. El orden jurídico es el que se halla en la obligación de darse a la tarea de estudiar los fenómenos del contexto y, a partir de su análisis, producir una adecuada respuesta a estos sin pretender obviar, invisibilizar o negar aquello que, a decir del criterio subjetivo o de los intereses de algunos individuos o grupos, pudiera no ser “aceptable”. En suma, abrigar la falsa noción de que la ley determina a la realidad social y a los hechos que la componen, atentaría contra la esencia dinámica y perfectible del Derecho mismo.

Por ende, fenómenos sociales como la Familia que constituye, en palabras de Rodríguez Iturri al citar a Cornejo Chávez, «un complejo de intrincadas imbricaciones, donde confluyen y se interrelacionan factores bio-fisiológicos, ético-religiosos, étnico-culturales, económico-sociales, psicológicos y educativos (…)», son tomados por el derecho y convertidos en instituciones objeto de tratamiento regulatorio, protección y promoción. Y en tanto que la familia es, en esencia, la célula básica de una sociedad en irrefrenable proceso de transformación, podemos concluir de forma análoga que el instituto familiar «no es un fenómeno inmóvil, sino en constante evolución (…)»[3]

De igual forma, hablar de un único tipo de familia, exclusivo y excluyente, sería un despropósito por cuanto la diversidad presente en cada colectivo de seres humanos también se pone de manifiesto, como es de esperarse, en la composición de los núcleos familiares. A tenor de lo anterior, lo más adecuado sería referirnos a la coexistencia de una pluralidad de modelos familiares dentro de una misma colectividad de sujetos. Así, entre los tipos de familia presentes en la sociedad occidental, y aún más, en la Peruana, tenemos a las familias hetero parentales, formadas a partir de una pareja de sexos opuestos; monoparentales, con presencia o bien de un padre o bien de una madre; de las consanguíneas, en las que los miembros de un tronco familiar común o troncos relacionados se unen por extenso; y, en zonas en las que las costumbres ancestrales superviven (asentamientos rurales, campesinos, indígenas), subsiste la visión de la familia comunal en torno a la cual el  colectivo de familias conforma una gran unidad familiar. Todas ellas tuteladas por la esfera constitucional (Art. 4° de la Constitución Política del Perú).

Entonces, arribando a nuestro punto, es menester precisar que un núcleo familiar no solo se ve conformado por factores bio-fisiológicos sino que, fundamentalmente, halla cohesión y sustento en virtud de los vínculos socio-afectivos (afectio familiaris o voluntad de conformar una familia) existentes entre sus miembros. Esta concepción nos permite reformar viejos paradigmas en torno al tema, los que antes que ser producto del análisis sociológico o jurídico, son fruto de posturas políticas y hasta religiosas bastante limitadas, como aquellos que afirmaban que la finalidad última de la familia era la concepción y crianza de la prole (lo cual estigmatizaba a las parejas incapaces de concebir un hijo) y que, por tanto, los únicos modelos reconocidos debían ser aquellos que tuvieran como punto de partida una pareja heterosexual, independientemente de si esta había contraído nupcias o si era fruto del concubinato, siendo incluso estas dos últimas blanco de ciertos reparos por parte de las posturas más conservadoras.


[1] Reale, M. (1996). El término Tridimensional» y su contenido. Recuperado de www.revistas.pucp.edu.pe/index.php/derechopucp/article/download/5922/5930. Pág. 7

[2] Ibid, Pág. 8

[3] Trazegnies, F., Rodríguez, R., Cárdenas, C., Garibaldi, J. A. (Ed.). (1990). La Familia en el Derecho Peruano. Libro homenaje al Dr. Cornejo Chávez. Lima, Perú: Fondo Editorial de la Pontificia Universidad Católica del Perú – Pucp

 

Tadeo Palacios Valverde
Piura, 1994. Escritor, ilustrador y amante de la literatura pulp. Estudiante de Derecho y Ciencias Políticas de la Universidad Nacional de Piura. Sub director de la Revista Literaria “Malos Hábitos”.Lovecraftiano.
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