CULTURA

El habitante del desierto: Reseña al último poemario de Abelardo Sánchez León

Resulta difícil el acceso de la luz

y lo que vives en ese recinto es lo que eres:

una respiración que se escribe a sí misma.

Gianfranco Annichini, genial director italiano asentado en Perú desde inicio de los años setenta, dirigió en 1981 un corto sobre María Reiche y su trabajo arqueológico en las líneas de Nazca llamado Maria del desierto. En este corto, Annichini muestra el proyecto descomunal de Reiche, al enfrentarse sola a la inmensidad del desierto, en su labor de develar los signos trazados sobre las Pampas de Jumana. El cineasta dibuja en Reiche a un personaje absorbido por la desmesura y la soledad de una empresa, quien en su enfrentamiento con el desierto termina mimetizando con él, termina llevando en sí las marcas del arenal.

La lectura del  reciente poemario de Abelardo Sánchez León, El habitante del desierto, trajo a mi memoria el trabajo de Annichini. En el poemario, el desierto toma el papel de escenario y personaje principal. Existe una voluntad de escucha, de hacer hablar al desierto. El largo aliento poético que estructura la mayoría de versos parece imitar el movimiento del viento que recorre y formas las dunas, acumulando palabras sobre palabras. Pienso que los mejores momentos poéticos del poemario se dan en esta escucha, alejada de los constantes sitios comunes que parecen amenazar la escritura de Sánchez León (claro ejemplo de ello son la figuras femeninas, las cuales, en su mayoría, no se llegan a sostener[1]).  Esta amenaza recorre el poemario, incluso cuando  realiza el sugerente ejercicio de poetizar Lima desde una voz poética que evidencia las huellas del arenal. Así, las calles y memorias de esta ciudad se muestran desde  una conciencia que habita el desierto, conciencia impregnada por  el cansancio, la violencia del tiempo, la constante percepción de la cercanía con la muerte y la sensación de la imposibilidad de movimiento, produciendo la creación de un ambiente que se agota en sí mismo.

Realizar una poética del desierto es una labor, sin duda alguna, fascinante, pero difícil. Primero, porque Sánchez León enfrenta una rica tradición de poetas peruanos que han trabajado sobre este espacio geográfico. Pensemos en el poema “Paracas” de Antonio Cisneros o en “Fin desierto” de Mario Montalbetti. Y, segundo, porque, como Reiche demuestra en el corto de Annichini, el desierto tiene signos, símbolos escondidos que esperan a manifestarse, amenazados por la aparente nada y el acecho intemporal. El habitante del desierto es un reconocido esfuerzo en la escucha de estos signos, pero que, lamentablemente, no consuma su proyecto.

[1] De esta crítica es necesario rescatar estas bellísimas líneas del poema  :

“Cántaro erguido:

si se parase, de pronto, y se despojara, tendría el contorno

de un higo entreabierto durante el mordisco” (Las cursivas son mías).

 

 

Nicolás Tejada
1996. Estudiante de Literatura en la PUCP.
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  1. EllEmpart

    Junio 12, 2018 at 2:45 pm

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